Cuando la muerte estaba en la niebla

Un fenómeno meteorológico unido a la acción del hombre causó una masacre en Londres.


Niebla, Smog, Bus, policía, Londres
Diciembre de 1952, la niebla no permitía la circulación segura./Creative Commons.


Cuando Charles Dickens, Sir Arthur Conan Doyle e incluso Oscar Wilde escribían de Londres, necesariamente mencionaban su niebla.

Es más, "Casa desolada" de Dickens empieza con ella. Leo un poco.

“Niebla por todas partes. Niebla río arriba, donde fluye entre verdes isletas y vegas; niebla río abajo, donde discurre sucio entre hileras de barcos y las orillas llenas de basura de una gran y mugrienta ciudad”.

La historia de la niebla de Londres es legendaria. Durante cientos de años fue una constante en la ciudad. Siempre era espesa. Y una semana de diciembre como esta pero de 1952 una situación meteorológica extrema se convirtió en catástrofe medioambiental.

Y la culpa fue del hombre. De la contaminación creada por los humanos.

El resultado fue trágico. Unas 4.000 personas murieron en apenas cuatro días y se teme que 8.000 más a medio y largo plazo.

Hoy hablamos de esta gran niebla, de Londres. Esto es #Calendario de Historias un Podcast de Audire con el que recordamos el pasado y vemos lo que nos queda de ello hoy. Soy Ana Nieto, bienvenidos una semana más a este viaje por la historia.


Escucha el podcast La Niebla Asesina

Nos vamos al calendario de 1952. Nuestro destino es Londres.

Es un año malo para la ciudad y en general para todo el país.

El querido rey Jorge VI murió en febrero de ese año cuando el país aún se curaba las heridas de la II Guerra Mundial. Londres sufrió mucho.


Los bombardeos alemanes, The Great Blitz, acabaron con la vida de unos 7.000 londinenses y barrios enteros de la ciudad quedaron en ruinas.


La vida era dura porque aunque ya habían pasado 12 años la guerra se sentía reciente. Aún había racionamiento de algunos productos como el azúcar, el chocolate, el queso, la carne. Además, el Reino Unido hacía frente a una elevada deuda.

Eso sí, había una industria que estaba en un gran momento, la de la minería del carbón que era una de las grandes exportaciones y fuentes de empleo para el país. Unas 700.000 personas trabajaban para esta industria. El carbón de mayor calidad se exportaba y su consumo estaba racionado. De hecho fue el producto que más tiempo estuvo racionado, hasta 1958.

Los británicos usaban un carbón de peor calidad, uno de color marrón llamado "nutty slack". Había que quemar mucho "nutty slack" para conseguir calentar una casa en invierno o cocinar.

Y no solo esas millones de cocinas usaban ese carbón. También se quemaba en las locomotoras de Londres y se usaba en las casi 40 plantas eléctricas de la ciudad.

Toda esa actividad mandaba a la atmósfera enormes cantidades de un muy tóxico dióxido sulfúrico y cuando llovía, aquello era la llamada lluvia ácida.

Ese era el panorama cuando una circunstancia meteorológica convirtió el drama medioambiental y para la salud en una tremenda pesadilla.

Lo que ocurrió es que un anticiclón se instaló a partir del día 5 de diciembre y durante varios días encima del área donde está Londres y atrapó una corriente de aire frío.

La temperatura llevó a los londinenses a quemar más carbón, algo que se unió al humo de las fábricas y los medios de transportes. Pero la situación meteorológica impidió que las emisiones se diluyeran en la atmósfera.

Quedaron atrapadas a un nivel bajo muy bajo.

Y la niebla, que en inglés se dice fog, tenía ese efecto de humo, smoke también en inglés. Esa combinación se hizo palabra: Smog.

Y si suena mal es porque lo fue.

El anticiclón duró cuatro días. Desde el 5 al 9 de diciembre cuando el viento desplazó y disipó una sucia niebla. El smog era tan denso que en la calle la gente no podía ni siquiera ver los zapatos que llevaban.

Las crónicas de la época en el diario The Guardian describen situaciones extremas y caóticas en una gran ciudad. En la edición del día 9, el último día de esta pesadilla, se contaba a las 4.00 de la tarde del día ocho no se podía ver la orilla del río Támesis. Tampoco era posible ver las farolas de las calles y la policía había tenido que usar bicicletas para llegar a algunos lugares por no poder usar los coches.

Muchos se abandonaron porque era imposible conducir en el ambiente dominado por la densa niebla con ceniza. Y eso es algo que afectó también a las ambulancias.

Los aviones no despegaban ni aterrizaban y se canceló el servicio de trenes con ciudades cercanas. The Guardian hablaba de ojos enrojecidos y con picores y toses profundas que se oían en la calle y en el metro.

Y los londinenses iban muriendo afectados de neumonías y bronquitis. En sus casas, en los hospitales y a veces en las calles.

Los mayores y los más pequeños, los que tenían el sistema respiratorio más comprometido o menos desarrollado. No era algo que se leyera en los periódicos durante aquellos días, nada en The guardian.

La grave factura en vidas humanas se conoció semanas más tarde y la cifra fue, como dije al principio, unos 4.000 solo en cuatro días. Las consecuencias fueron no obstante de larga duración y se atribuye a este smog la muerte de otras 8.000 personas por las enfermedades que desarrollaron. La niebla también mató animales.

Quienes primero se dieron cuenta de los efectos de esta niebla contaminada fueron los empleados de las funerarias que empezaron a estar sobrepasados por el trabajo. Y las tiendas de flores.

Sabían que algo iba muy pero que muy mal porque no daban a basto. Ellos conocían bien este tipo de niebla. Tradicionalmente, el smog había marcado picos de trabajo en Londres porque esta niebla contaminada ha sido el origen de graves problemas de salud desde hace cientos de años.

Esta niebla contaminada, que los londinenses describen como una sopa de guisantes, por el color, ya era conocida en el siglo XIII cuando ya se quemaba carbón. En el siglo XVII se aprobó una legislación para evitar la polución pero no llegó lejos.

La industrialización agravó el problema. Complicó la situación y la polución atrapada en la niebla se convirtió en el aire que respiraban los habitantes de la ciudad.

Y ¿qué queda de todo esto?

Una legislación medioambiental que se llama Clean Air Act que se aprobó cuatro años después de este desastre. La ley contemplaba medidas para la reducción de la contaminación como el cambio de cocinas a otras que no tuvieran emisiones: eléctricas o de gas. Se prohibió también la emisión de humo negro de chimeneas.

Con el tiempo la ley ha ido modificándose y actualizándose para endurecerla y aplicar nuevas tecnologías.

No obstante, ha habido otros episodios de smog letal en Londres, una en 1957, en casi las mismas fechas que la de cinco años antes. Aquella costó cerca de mil vidas. En 1962 hubo otra crisis similar. Fue la última gran niebla y murieron unas 750 personas.

En EE UU, Nueva York y Los Ángeles sobre todo han sufrido episodios similares pero nada tan grave como la Great Smog de 1952 en Londres.

Nuevos estudios sobre tejidos de personas que perecieron en esta catástrofe medioambiental muestran que el problema no solo fue el dióxido sulfúrico sino también los metales en suspensión como el plomo. Metales en general asociados con el diesel.

Se da la circunstancia de que en 1952 desapareció el tranvía eléctrico que fue sustituido por autobuses diesel.

Ahora la niebla no forma parte del paisaje de Londres como en el pasado pero la polución sigue ahí de la misma manera que está en el resto de unas ciudades dominadas por el tráfico entre otros problemas medioambientales.

Si los avisos de los científicos sobre la catástrofe medioambiental que se nos viene encima no es suficiente, también tenemos la historia para iluminarnos.

Y esperando esa luz nos despedimos por esta semana.

María Luz Rodriguez desde Ourense y yo, Ana Nieto que estoy en Brooklyn, al otro lado del Atlántico nos despedimos. Suscríbanse al podcast porque es gratis y así tienen el siguiente capítulo tan pronto como lo publiquemos.Nos oímos la semana que viene.