Eichmann: la banalidad del mal


Son las ocho de la tarde y ya ha caído la noche en Buenos Aires. Un hombre fornido espera en una calle de un barrio obrero. Para disimular abre el capó de su auto y aparenta arreglar una avería inexistente.


Está nervioso.


El hombre que esperaba no ha bajado de ese autobús.

Empieza a tener dudas.


Hay dos hombres como él en la calle, esperando y disimulando, y tras una consulta rápida y discreta deciden ignorar lo planeado y esperar al siguiente autobús de la línea 203.


Una vez más el hombre al que esperan sigue sin llegar. Crece el desaliento pero deciden esperar más. 20 minutos después llega el 203 de nuevo


Y esta vez sí.


Se baja un hombre delgado de unos cincuenta años que enciende una linterna para iluminar la calle y empezar a caminar. El hombre fornido echa a andar para cortarle el paso y decir en la única frase que sabe en español “un momento, señor”. El hombre de la linterna reacciona con gritos.


El hombre fornido echa a andar hacia él y al llegar a su altura le dijo la única frase que sabía en español: “un momento, señor” . El interpelado respondió con gritos..


El hombre fornido trata de acallarlos y se abalanza sobre él presionando el cuello.


Pero con miedo.


Miedo de apretar demasiado y asfixiarlo. Su orden era la de capturarlo vivo. Relaja un poco la presión y con ello vuelven los chillidos.


Los dos que también esperaban en la calle acuden para entre todos subirlo a un coche.


Les sigue otro coche de vigilancia hacia un barrio acomodado de Buenos Aires. Entonces, uno de los captores se dirige al secuestrado en español.


No obtiene respuesta. Después lo hace en alemán.


Tras un largo silencio llega la contestación también en alemán: “ya me he resignado a mi suerte”.


Esa noche del 11 de mayo de 1960 El servicio secreto del joven estado de Israel había ejecutado con éxito la operación Garibaldi, apresando a Otto Adolf Eichmann, teniente coronel del ejército de la Alemania nazi.


En sus manos estaba uno de los principales responsables del diseño y ejecución de la llamada solución final. El transporte masivo de millones de judíos europeos hacia los campos de exterminio.


Seis millones fueron asesinados.


Eichmann detrás de un cristal sigue su juicio en Israel.
Eichmann durante su juicio en Israel por su papel en el Holocausto. Foto de Creative Commons.


Hola, soy Ana Nieto, bienvenidos una semana más a Calendario de Historias, una producción de Audire Podcasts donde recordamos el pasado y nos preguntamos qué queda de ello.



Eichmann nació en Alemania en 1906. Pronto se quedó huérfano de madre y se mudó, junto a su padre, a Austria. Su vida como estudiante y, después, como trabajador en la industria de la minería y el petróleo fue mediocre, sin nada digno de resaltar


De estatura baja, tez oscura y carácter retraído, no tenía amigos.


En 1933, con la llegada de Adolf Hitler al poder en Alemania, Eichmann regresó a su país natal y enseguida se unió al Partido Nazi. En ese entorno se creció. Empezó una nueva carrera escalando desde oscuro soldado a oficial de las SS, donde brilló, vinculado a asuntos judíos.


Colaboró e implementó distintos programas anti-semitas, desde presión económica a violencia física para pasar a deportaciones a guetos y, a partir de 1941, a campos de concentración.


Ya nada quedaba del Eichmann anodino del pasado. Ahora era un alto oficial nazi conocido por sus aventuras con mujeres que no eran la suya y que se reveló como un genio de la logística.

Su valía se le reconoció dándole un papel crucial en la organización de la Conferencia de Wannsee, en 1942, donde la jerarquía nazi acordó la solución final para la cuestión judía, la forma retorcida de nombrar lo innombrable: el exterminio.


El primer paso era identificar a los once millones de judíos en territorios controlados por el III Reich o por los gobiernos satélites. Después, detenerlos y despojarlos de sus posesiones, salvo una maleta y 50 marcos, y subirlos a vagones.


Y en tren, aprovechando la gran red de ferrocarriles en Europa, transportar ese cargamento humano a su destino final.


Eichmann incluso supervisó personalmente la ejecución de la solución final en Hungría que llevó al exterminio a 437 mil mujeres, hombres y niños.


Cuando la II Guerra Mundial terminó en 1945, Eichmann quemó todos los documentos que podían involucrarlo en el Holocausto, del que fue el arquitecto de su logística.


Destruyó todas las fotografías que podían identificarlo y comenzó su vida de huido, primero en Austria, luego en Alemania para llegar cuatro años más tarde, siguiendo la conocida como “ruta de las ratas” al Vaticano.


Allí encontró el apoyo de la Organización de San Rafael, que ayudaba a refugiados, incluidos los nazis. La organización emitió un documento falso asegurando que la identidad del portador era un tal Riccardo Klement. Con el nuevo documento, Eichmann se dirigió al Comité Internacional de la Cruz Roja que le entregó un pasaporte con el que viajar.


Su destino: Argentina, donde llegó en 1950. Un nuevo mundo en el que olvidar el viejo.


Solo que había quien no estaba dispuesto a olvidar.


Desde el mismo momento en que acabó la guerra e incluso antes de que naciera el nuevo estado de Israel en 1948, se organizó la búsqueda de nazis acusados de crímenes contra la humanidad.


Muy pronto, un grupo de investigadores dio con la esposa e hijos de Eichmann, pero llegan a la conclusión de que no sabían de su paradero. Los investigadores tuvieron más suerte cuando visitaron a una de sus amantes, que vivía en una casa que le había regalado Eichmann.


La mujer, que guardaba muy buen recuerdo de su ex amante y no sospechaba de los motivos por los que le buscaban, les mostró una foto, con la que los perseguidores le ponen cara al perseguido.


Pero nada más. Las pistas se secan.


Mientras, Eichmann se encontraba trabajando en Tucumán y contactó por carta con su esposa que se embarcó, con sus tres hijos, hacia Argentina. La familia Eichmann, ahora Klement, se reunió. Todo parecía ir bien hasta que se acabó el trabajo en Tucumán.


La familia se mudó a Buenos Aires y ahí Eichmann pasó de un trabajo a otro, enlazando fracasos. Llevó a una lavandería a la bancarrota. Lo despidieron de una fábrica de metales y arruinó una granja de conejos.


Del Eichmann brillante en logística mientras es arropado por el nazismo no queda nada y vuelve el mediocre. Por fin encontró trabajo estable, aunque mal pagado, trabajando para la Mercedes Benz.


Y sucedió un hecho fortuito. En la Argentina de Juan Domingo Perón, donde acogieron a miles de nazis y donde había una importante comunidad judía, perpetradores y víctimas se mueven en círculos que, a veces, se tocan.


Un hijo de Eichmann conoció a una muchacha alemana hija de un judío sobreviviente de un campo de concentración. El chico, ajeno a toda sensación de peligro deslizó ante la chica su verdadero apellido.


Ella se lo dijo al padre y este. Se comunicó con un abogado alemán que a la vez hace llegar la información al servicio secreto israelí, que desplaza a buenos aires a un investigador.


Pero hubo un fallo y la vigilancia no se centró sobre Eichmann, sino sobre un vecino por lo que se concluyó que la pista seguida era falsa.


Era 1957.


Pasarían dos años más hasta que se deshizo el entuerto.


Esta vez llegó a Israel la información de que Klement es el apellido que utiliza Eichmann.

De nuevo se envía a un investigador, que no se puede creer que quien en el pasado era un poderoso oficial nazi viviera con su familia en un barrio pobre, en una casa sin dirección, sin agua, sin electricidad.


Con una cámara oculta en un maletín, el investigador consiguió hacerle fotos y emprendió el regreso hacia Israel.

En una escala en Europa se encontró con su jefe. A la vista de las fotos concluyen que tras 15 años de búsqueda por fin habían dado con Otto Adolf Eichmann.


En secreto, las autoridades israelíes deciden juzgarlo en Israel. Pero saben que no van a conseguir la extradición de Argentina.

Y se decantaron por la otra opción: enviar un equipo para secuestrarlo y traerlo ante la Justicia.


En 2 vuelos diferentes, llegaron a Buenos Aires 13 agentes del Mossad, incluidos expertos en planificación, disfraces, falsificación de documentos. Y también expertos en alemán, la propia Argentina. medios de transporte, fuerza física y uno considerado “bueno para todo”. También viajó el mismísimo jefe del Mossad.


En menos de dos semanas prepararon localmente la operación. La pusieron en marcha el 11 de mayo de 1960, hace 61 años. Eran las 8 y veinte hora local cuando Israel consiguió su presa.


Eichmann fue juzgado en Israel.


Y fue condenado a morir en la horca. Después se quemó su cadáver y sus cenizas se echaron al Mediterráneo.

Ha sido la única pena de muerte dictada por un tribunal israelí.


Miles de nazis huyeron tras la derrota Alemana utilizando rutas de salida conocidas como líneas de ratas y que terminaban principalmente en Sudamérica pero también en EE.UU. y España.


Personajes ligados al Vaticano como el padre Alois Hudal de origen austríaco jugaron un papel notable proporcionando a los huidos identidades falsas.


Una orden del Papa Francisco abrió en marzo de 2020 los archivos de Pío XII que permanecían sellados. El objetivo es permitir a historiadores examinar el papel del Vaticano durante el nazismo y el Holocausto. Esta labor permanece abierta, aunque interrumpida intermitentemente por la pandemia.


Además de Eichmann, otros nazis notorios que escaparon a través de las líneas de ratas fueron Klaus Barbie, conocido como el carnicero de Lyon, el médico Joseph Mengele, –el ángel de la muerte–que practicó experimentos genéticos mortales en prisioneros de Auschwitz y tenía una fijación enfermiza con los gemelos. Y también Ante Palevic, caudillo de Croacia, un estado títere del III Reich.


Palevic huyó de Zagreb y llegó a Roma vestido como un monje y con pasaporte español. Le acogieron en el Colegio de San Girolamo y en 1948 emigró a Argentina, donde ingresó con el conocimiento de Juan Domingo Perón.


Nueve años más tarde, un nuevo gobierno en Argentina fuerza su salida del país y es entonces cuando Palevic encontró refugio en la España de Franco.

Dos años más tarde murió cuando estaba ingresado en el hospital alemán de Madrid en 1959. Está enterrado en el cementerio de San Isidro.



Hannah Arendt, una filósofa judía secular nacida en Alemania pero naturalizada estadounidense cubrió magistralmente el juicio. Publicó un libro, Eichmann en Jerusalén, al que con toda la intención, subtítulo: la banalidad del mal.


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Y en 1960, el año en el que la Inteligencia israelí secuestró a Adolf Eichmann sucedieron otros eventos que ahora recordamos:


Francia se convirtió en la cuarta potencia con armamento nuclear, después de Estados Unidos, la Unión Soviética y el Reino Unido.


Estados Unidos fue pionero al legalizar la píldora anticonceptiva por primera vez en el mundo, en Cuba Fidel Castro nacionalizó todas las empresas y en Chile se registró el mayor terremoto de la Historia con una magnitud de 9.5 en la escala de Richter. Fallecieron unas dos mil personas y dejó más de 2 millones de damnificados. Se notó en todo el Planeta y produjo maremotos en todo el Pacífico, desde Hawaii a Japón.


1960 es también el año en el que numerosos países africanos ganan su independencia de Gran Bretaña y Francia como es el caso de Nigeria, Camerún o Benin.


Es también el año en el que Harper Lee publica Matar a un ruiseñor y se estrenan las películas Psicosis de Alfred Hitchcock y la Dolce Vita de Federico Fellini, mientras, en España Locamente te amaré del Dúo Dinámico fue la canción del verano.


Y cerramos el episodio de hoy con una cita de Hannah Arendt, la filósofa estadounidense de origen alemán que escribió el clásico Eichmann en Jerusalén.


“En la medida en que realmente pueda llegarse a "superar" el pasado, esa superación consistiría en narrar lo que sucedió.“


Este es un nuevo episodio de Calendario de Historias, una producción de Audire, esto es María Luz Rodriguez en Ourense y yo, Ana Nieto, desde Brooklyn. Volvemos la semana que viene.