• María Luz Rodríguez

La enfermedad que mataba (casi) solo a ingleses

Updated: Apr 15

En esta semana se cumple un año de la entrada en vigor de la primera declaración de estado de alarma en España por parte del gobierno de Pedro Sánchez. Con ella se trataba de contener la expansión del coronavirus que causa la Covid-19.


Una enfermedad que atrapó al mundo por sorpresa y que nos ha arrojado a protagonizar, queramos o no, un capítulo en lo que en el futuro será un libro de historia.


A día de hoy, la Covid-19 sigue presente. Es noticia. No es historia.

Y como en este programa solo hablamos de historia, marcamos la entrada en el segundo año de esta pandemia recordando otra, que fue muy extraña. Misteriosa incluso, que dejó una estela de sorpresa, enfado, calamidad y dolor. Y una necesidad, muy humana, de intentar encontrar una respuesta.


Hablamos de la enigmática Enfermedad del sudor y de las sucesivas olas que machacaron a Inglaterra.


El rey Enrique VIII de Inglaterra.
Enrique VIII movió continuamente su Corte para huir del Sudor Inglés. Foto Creative Commons.

Bienvenidos a Calendario de Historias. Soy Ana nieto y les invito una vez más a repasar nuestra historia, recordar a sus personajes y ver que nos queda de ello hoy.



A priori, 1485 debía haber sido un buen año para Inglaterra. Ese verano, miles de ciudadanos se congregaron en Londres para la coronación de Enrique VII como rey.


Había alegría en el ambiente. Un deseo colectivo palpable de poner fin definitivo a la Guerra de las Dos Rosas que había asolado al país a lo largo del siglo.


En esa guerra civil, dos ramas de la familia real Plantagenet se disputaron el trono. Por un lado, los Lancaster, los de la rosa roja. Por el otro, los York, los de la blanca.


Ganaron los primeros. Y Enrique VII, un Lancaster por lado materno, comenzó su reinado instaurando una nueva dinastía: los Tudor.


Ajeno al conocimiento de los participantes en las ceremonias, un enemigo nuevo – desconocido y terrible–, una enfermedad comenzaba a cobrarse sus primeras víctimas y a esparcirse por Inglaterra.


Comenzaba su ataque de un modo ordinario: un simple malestar. Y al poco: escalofríos, mareos, un dolor insoportable en las articulaciones y un cansancio infinito. Todos esos síntomas en menos de tres horas.


Y después, la transpiración. Tanta, que a esta dolencia se la conoce como la enfermedad del sudor.

Seguían fuertes palpitaciones, dolor en la zona del corazón, cefaleas, delirio y una sed que no había forma de mitigar.

Según las horas pasaban, el enfermo se sentía gastado,

Reventadado.

Exhausto.

En menos de 24 horas estaba muerto….o totalmente curado.


A finales de octubre de ese mismo año, la enfermedad desapareció. Tan misteriosamente como había llegado.


En poco más de tres meses, la enfermedad del sudor había dejado miles de muertos y un país encolerizado y paranoico que trataba de encontrar una explicación en todo tipo de teorías. Se culpó a los extranjeros, encarnados en los soldados franceses que llegaron a Inglaterra durante la Guerra de las Dos Rosas. Y también se intentó buscar explicación en la ira divina: la enfermedad sería la forma en la que Dios mostraba su disconformidad con la accesión al trono de Enrique VII.


Pero lo cierto es que no se sabía qué causaba la enfermedad, ni qué podía curarla, ni cómo se transmitía.


Solo se sabía que afectaba a hombres y mujeres en los mejores años de sus vidas, con especial predilección por los varones jóvenes. Al mismo tiempo, ignoraba a niños, adolescentes y ancianos. Parecía que atacaba más en el campo que en la ciudad y también que enfermaba más la gente rica que la pobre, o al menos esa era la impresión.


Pasaron 6 años. Y en el verano de 1492 la enfermedad reapareció.


Y, al igual que la primera vez, en otoño desapareció, dejando miles de muertos. Se apunta que Arthur, príncipe de Gales y primer esposo de Catalina de Aragón pudo ser una de sus víctimas.


En esa segunda ola quedó claro que quienes la habían padecido y sobrevivido la primera vez, podían volver a enfermar. No se desarrollaba inmunidad.


Después vendrían otras olas siguiendo el mismo patrón de aparición en verano, miles de muertos y desaparición en otoño: la de 1507, la de 1517, que se extiende por primera vez al continente al llegar a Calais, en aquel entonces territorio inglés.


Y once años más tarde, la gran ola de 1528. Los muertos se contaron en decenas de miles. Afectó a Calais, destrozó Londres y se esparció por toda Inglaterra. Entre las personas que la padecieron se apuntan nombres relacionados con Enrique VIII: su amante Ana Bolena, la familia de Tomas Cromwell y el cardenal Wolsey.


Enrique movió sin cesar su corte, tratando de esquivar la enfermedad.


Esa ola se padeció también en Irlanda,y desbordó por primera vez las fronteras de la monarquía inglesa llegando a Hamburgo, Holanda, Bélgica, Suiza,Noruega, Dinamarca, Suecia y Rusia.


Y tal como vino, se fue.


Regresó, pero solo una vez más. Fue en 1551 y de nuevo en Inglaterra. Después se desvaneció.


Durante años se ha intentado descifrar el misterio de la enfermedad del sudor. Hoy se cree que, posiblemente, su causa fuera un hantavirus. Pero demostrarlo no ha sido posible. Sigue siendo una incertidumbre.



En Calendario de Historias nos gusta fijarnos en qué queda del pasado.


Hoy recordamos huellas arquitectónicas de pandemias pasadas. Como las de los lazaretos, lugares de cuarentenas para viajeros en vías marítimas, en España y que pueden visitarse, como el de Mahón, en Menorca. El de San Simón en la ría de Vigo y el de Pedrosa, en Cantabria.


Y si un día visitan el campo inglés, les recomendamos Eyam, en Derbryshire. Allí se conserva la memoria de un pacto que hizo el pueblo en 1666, después de que un fardo de paño con pulgas introdujera en la localidad una nueva ola de peste negra.


Cuando las primeras muertes se produjeron, decidieron aislarse. No moverse. No huir. Fallecieron por docenas. Pero su sacrificio salvó la vida de todos los habitantes de Sheffield y Bakewell, dos pueblos vecinos.


Y también queremos recordar dos cementerios poco conocidos en Manhattan y que tienen su origen en la epidemia de fiebre amarilla de 1822 y la crisis que causó con los enterramientos. Era ya la quinta ola que se producía desde 1798.


Para paliar la escasez de lugares para enterrar y los problemas de mal olor que empezaban a ocasionarse en algunos cementerios salieron adelante varios proyectos. Entre ellos los del New York City Marble y el New York Marble, muy cerca uno del otro y que conocí porque uno de ellos estaba a la vuelta de la esquina del primer piso que alquilé en NY.


Fueron los primeros cementerios sin filiación religiosa de la ciudad y en ellos los difuntos se enterraban en bóvedas subterráneas.


En días específicos se pueden visitar estos lugares productos de otras épocas y rodeados de rascacielos. En uno, el New York Marble Cemetery, los descendientes de los promotores conservan el derecho a enterrarse allí. También es posible alquilar el cementerio para eventos. Eso sí, deben ser “apropiados”.


Llegará el día en el que hablaremos del Covid-19 como historia. Y tendremos que hablar de sus huellas en nuestro cerebro y, por falta de una palabra mejor, en nuestra alma. Del tiempo en el que nosotros, animales sociales, nos vimos forzados a reprimir abrazos, a celebrar y llorar detrás de las pantallas y a inventar nuevos hábitos, de esos que nos salvan.


Audire Podcast fue una de esas rutinas fruto de la pandemia y que a María Luz y a mí nos ha ayudado a sobrellevarla. Empezamos con Trinos y Sirenas hace ya casi un año y queremos recordarlo con el sonido de los pájaros desde mi jardín, en Brooklyn. Un piar que sirvió de título a nuestro primer podcast.


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Y en el apartado de efemérides recordamos eventos que sucedieron esta semana:


El 15 de marzo de 1916, tropas de EE.UU. entraron en México para capturar a Pancho Villa. La operación fue un fracaso.


El 16 de marzo de 1521 Magallanes llega a Filipinas, donde falleció. El primer viaje de circunvalación de la historia lo acabaría Elcano.


El 17 de marzo del año 180 murió Marco Aurelio, el último de los Emperadores Buenos y autor de Meditaciones.


El 18 de marzo de 1990 se produjo el robo de 12 cuadros del Isabella Stewart Gardner Museum de Boston. Obras de Manet, Rembrandt y Vermeer llevan 31 años desaparecidas, porque este sigue siendo un delito sin resolver.


El 19 de marzo de 1812 se aprobó en Cádiz la primera constitución española, conocida popularmente como la pepa. En su época fue una de las más liberales. Reconocía el derecho al voto masculino universal e indirecto. Establecía la libertad de imprenta y se reconocía el derecho a la ciudadanía española a todas las personas nacidas en su territorio, incluidas las colonias de América, Africa y Asia. Por otro lado, declaraba al país como confesional católico y prohibía otras religiones.


El 20 de marzo de 1916, Albert Einstein publicó la teoría general de la relatividad. En 1921 recibió el Premio Nobel de física aunque no específicamente por esa teoría. Se especula que la razón fue que el físico del comité Nobel encargado de estudiarla no la entendió.


Y el 21 de marzo de 1937, se produjo en Puerto Rico la Matanza de Ponce, cuando la policía disparó contra una manifestación pacífica por orden del gobernador estadounidense. Murieron 17 personas.


Y en 2020, el año en el que se declaró el primer estado de alarma por la pandemia, sucedieron otros eventos como la victoria de Joe Biden en las elecciones estadounidenses, las masivas manifestaciones de B.L.M. y el primer capítulo en la nueva saga de la monarquía Británica con Harry y Megan como protagonistas.


Y terminamos el programa de hoy con un párrafo publicado en El Genio de la Libertad, el 22 de octubre de 1851.


"Los buques procedentes de puertos donde se padezca la fiebre amarilla, sea cual fuere la época del año en que arriben á los de la Península é islas adyacentes, no se admitirán en ellos sin hacer antes una cuarentena, que no bajará de 15 dias ni escederá de 20, en uno de los lazaretos de Mahon o Vjgo".


Y nos despedimos por hoy. Calendario de Historias es una producción de Audire Podcast. María Luz Rodríguez desde Ourense y yo, Ana Nieto, desde Brooklyn.

Volvemos la semana que viene.