El incendio de Santander

Una semana como hoy, la tercera de febrero el viento y el fuego se aliaron para arrasar la Puebla Vieja de Santander. Fueron tres días de destrucción que empezaron un 15 de febrero.


El año fue 1941, un momento en el que el país, empobrecido y aún herido por la contienda civil quedó conmocionado por un desastre que dejó a 10.000 de los 100.000 habitantes de Santander sin techo.


Y sin las posesiones que tuvieron abandonaron a toda prisa.


Con lo puesto.


Edificio semi destruido por incendio en Santander.
Así quedó parte de Santander tras el incendio de 1941. Foto Creative Commons.

Hola Soy Ana Nieto y esto es Calendario de Historias un podcast en el que semana a semana repasamos la historia, a los personajes que la protagonizaron y vemos lo que nos queda de ello hoy.



Empecemos con el viento.


Cuentan los registros meteorológicos que aquel día la península ibérica registró vientos inusualmente violentos y que lo fueron particularmente en la zona norte del País. un artículo del meteorólogo José Miguel Viñas Rubio explicaba que la altura de las montañas de Cantabria reforzaron lo que llama un vórtice mesoescalar, o una especie de tornados de horas de duración y de gran poder destructivo en el área de Santander.


A eso de las 9 de la noche, la plumilla que medía la presión atmosférica en Santander se salía de la banda, relata el meteorólogo.


Las crónicas del 15 de febrero de hace 80 años describen los vientos como huracanados. Se relatan situaciones similares a las de un tornado de larga duración que impedía los desplazamientos. Paró el tranvía, obligó a proteger puertas y ventanas además de cerrar comercios y bares. La gente no podía caminar.


Ni era aconsejable.


Las cornisas caían a la calzada y los árboles se retorcían hasta quebrarse o arrancarse de raíz. Los postes de la luz también caían. Los cables sueltos eran un peligro (aquí un punto?) .


La ciudad se apagaba, se iba quedando incomunicada y era sacudida por el viento


En el mar, las olas volteaban los botes.



Y en el número 20 de la calle Cádiz, en el llamado barrio de Toneleros, lo que se creyó que fue un cortocircuito y oficialmente se certificó como las brasas del fogón de un inquilino de una pensión fue el principio del final de esa zona de la ciudad.



Los bomberos pudieron apagar otros fuegos pero no el de la calle Cádiz. Aquel ganó fuerza. Arropado y jaleado por el viento llegó a la calle de al lado, se propagó por los tejados y encontró el camino de la madera y la construcción vieja para pasar de una calle a otra.


El fuego no perdonó ni a la Catedral.


Mientras motoristas iban a pedir ayuda a otras provincias desde una Santander casi aislada, el fuego seguía consumiendo la ciudad vieja calle a calle. No quedaban muchos edificios anteriores al siglo XVI en esa zona sobre la que se había expandido Santander pero si era el área más antigua de la ciudad y fue cayendo.


Algo más de 1780 viviendas, el 90% del comercio, hoteles y restaurantes, iglesias y sedes de periódicos como el Diario Montañés se quedaron reducidos a cenizas tras la cortina de fuego que no se pudo contener hasta pasadas 72 horas.


El fuego no se propagó más y no se llevó a las instalaciones de empresa eléctrica, porque se dinamitaron calles para hacer cortafuegos.


llegaron bomberos de otras ciudades como Burgos, Palencia, Bilbao, Gijón y Avilés e incluso Madrid.


De hecho fue un bombero madrileño, Julián Sánchez, la única persona que falleció en la tragedia.


La rápida evacuación permitió evitar que la catástrofe se cobrara más vidas.


Pero la desolación fue inevitable. Las casas de miles de familias y el lugar de trabajo de más de 6.000 personas se las llevó el fuego. Una crisis demoledora dos años después del final de la guerra civil.


A pesar de la situación en todo el país Santander recibió donaciones desde buena parte de otras provincias para las familias que se quedaron sin nada. Dinero, pero también mantas, ropa…


Ante el paisaje desolado que dejaron las llamas, el gobierno de la dictadura se puso a la tarea de la reconstrucción. Se llevó a cabo un proceso de expropiaciones, subastas y cesiones de solares en la que, por supuesto, hizo acto de presencia la especulación inmobiliaria. Todo aquello para levantar una parte de la ciudad siguiendo nuevas directrices de urbanismo, una nueva planta, y de paso reordenación social.


Porque los planes de nuevas residencias y comercio estaban diseñados para personas con cierto acomodo económico. Los antiguos propietarios y los trabajadores fueron asentados en el extrarradio, en áreas de casas baratas construidas en las afueras de la ciudad y en las que no se puso el mismo mimo inmobiliario o de reordenación urbana. Para ellos se construyó un tercio de lo pactado.


El fuego acabó con el centro de la ciudad, y sobre sus restos se proyectó una nueva ciudad, socialmente separada y con una dinámica distinta a la que existía antes de las llamas.


Y todo aquello, recordemos, empezó con un extraño y violento viento del sur.



En una semana como la actual también se escribieron otros capítulos para la historia.


Un 18 de febrero de 1564 falleció Miguel Ángel el pintor y escultor que nos dejó La Piedad, el David y la bóveda de la Capilla Sixtina.


Ese mismo día pero de 1880 el gobierno de España publicó la ley de la abolición de la esclavitud en Cuba.

Y también un 18 de febrero pero de 1963, Julio Cortazar publicó Rayuela.


Y el día 15 de febrero, pero del año 1898 en el puerto de la Habana una explosión hundió el barco de guerra USS Maine. Murieron 260 marcos americanos. Hoy 123 años después no se sabe qué causó esta explosión que sin embargo en aquel momento Estados Unidos se la atribuyó a España y precipitó la guerra con EEUU.


El Maine estaba en la Habana como muestra del interés de EEUU en un momento en el que los cubanos se revolvían una vez más contra España. Los estadounidenses estaban invirtiendo en cultivos de azúcar en la isla y querían más importaciones mientras que además buscaban cómo asentarse en zonas estratégicas en la región. La represión española a la independencia cubana ayudó a reforzar los intereses de Washington en la isla.

Los periódicos de la época en manos de William Randolph Hearst y Joseph Pulitzer vieron en este conflicto la oportunidad de vender más y azuzaron la situación con historias y titulares que no pasan los filtros del periodismo veraz. Fue entonces cuando se acuño la definición de lo que aún hoy lamentablemente se conoce como “periodismo amarillo”.

La guerra se declaró el 24 de abril y duró 10 semanas. El 10 de diciembre y mediante el Tratado de París, EE UU confirmó su entrada como jugador en la escena internacional y defensor de la democracia lo que le valió hacerse con los territorios de España fuera de áfrica, es decir, Filipinas, Guam, Puerto Rico.

Aunque Cuba ganó la independencia, Estados Unidos ocupó militarmente la isla durante tres años y tutelaría qué podía hacer o no hacer La Habana durante más de tres décadas en aplicación de la legislación que se conoce como Enmienda Platt.

Filipinas finalmente se independizaría de Estados Unidos después de la segunda guerra mundial el 4 de julio de 1946. Guam y Puerto Rico, a día de hoy, siguen siendo territorios estadounidenses.

Para España ese año pasó a la historia como el del Desastre, algo que pesó durante décadas en la psique nacional y dio lugar a importantes movimientos culturales e intelectuales como el Regeneracionismo y la Generación del 98.


Y en 1941 el mismo año en el que las llamas arrasaron el centro de Santander,


Nos quedamos en EE UU para recordar que es el año en el que el presidente FDR presentó en su debate del estado de la unión lo que se conoce como Cuatro Libertades como los derechos humanos globales fundamentales. La libertad de expresión, la de culto, la libertad de vivir sin penuria y la de vivir sin miedo. Son palabras que siguen resonando, a veces en el vacío.



Mientras, la II Guerra mundial se expande territorialmente. El 3 de julio Joseph Stalin llama a los ciudadanos de la unión soviética a llevar a cabo una política de resistencia final ante los alemanes conocida como “tierra quemada”, es decir, destruir todo lo que pueda ser de uso para el enemigo.


Y terminamos el programa de hoy con una cita de Miguel de Unamuno, uno de los escritores de la denominada Generación del 98


El modo de dar una vez en el clavo es dar cien veces en la herradura.


Y esto ha sido todo por hoy en el repaso de la historia entre el 15 y el 21 de febrero. María Luz Rodríguez y yo Ana Nieto, les agradecemos la compañía durante estos minutos y les deseamos una feliz semana con salud.


Volvemos el lunes 22.